domingo, 16 de agosto de 2009

Nostalgias de agosto

Recuerdo que cuando niñas cada una tenía su árbol en el patio de la casa: el crespón era de la Lía, el damasco era de la Icha y el ciruelo, el más pequeño de los tres, era mío.

Me encantaba pasar las tardes después del colegio a saludar a mi querido ciruelo, a contarle mi día y a esperar que salieran los primeros botones... me deleitaba ver que era el primer árbol en anticipar el inicio de la primavera, con sus flores de un rosa pálido a inicios de agosto.

Un día, a pesar de mis alegatos y pataletas, lo cortaron porque estaba levantando el pavimento, y no mucho después de eso me fui de esa casa, huyendo de recuerdos ingratos.
A medida que crecía los inviernos se me hacían más interminables, más insoportables sin saber yo el por qué.

Hasta hace unos días atrás, cuando en uno de mis viajes por la ciudad me pillé con las ramas florecidas de un ciruelo gigante. Y de pronto recordé esa sensación que me traía mi ciruelo años atrás, cuando sus pétalos pálidos eran la única promesa que tenía de días cálidos y alegres.

Y cual encantamiento roto, bastó esa imagen para que las cosas que estaban estancadas volvieran a funcionar.

Definitivamente quisiera que la vida tuviese muchos más ciruelos plantados en cualquier lugar.

4 comentarios:

Paula Adriana dijo...

Los ciruelos son hermosos, lo son sus flores, lo son su semblante.
Me encantan.
Enhorabuena por haber encontrado la causa de la desgracia.
:)

Paula Adriana dijo...

lo es su semblante *

El Vocero dijo...

Es verdad, hay cosas que son irremplazables en nuestro recuerdo.

Te espero por mi aldea...beso

Blogger Pechocho dijo...

Y cómo no en el invierno chileno

saludos